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Tras su reconquista por Alfonso I el Batallador en época próxima a la célebre batalla de Cutanda (1120), que trae como consecuencia inmediata el retroceso de las fronteras árabes en una dilatada zona, el territorio despoblado de Encinacorba es concedido a la naciente Orden del Temple, fundada por Jugo de Paganis en el mismo año en que se conquista la ciudad de Zaragoza. Lo cierto es que el cronista aragonés don Jerónimo Borao nos afirma que la primitiva Carta de población de Encinacorba data del año 1125, y que fue concedida por los Caballeros templarios a sus vecinos y vasallos, los cuales fundan la localidad cristiana en el terreno denominado Media-villa, y cerca de una encina torcida que atalaya el desolado paisaje. La presencia de este solitario y robusto vegetal no sólo condiciona la elección del asiento de la localidad, sino que se perpetúa su recuerdo imponiendo a la nueva villa el nombre de «Encina-corba», con el que será conocida en adelante.

La Encinacorba templaria seguirá cerca de dos siglos dependiendo de la autoridad suprema de los XXII sucesivos Maestres generales de la Orden, el último de los cuales fue Jacobo de Nolay, muerto en la hoguera por mandato de Felipe IV de Francia en 1314.

Dos años antes se había disuelto legalmente el Temple por la Bula del Papa Clemente V, publicada en Viena el 22 de marzo de 1312. A consecuencia del decreto pontificio, los bienes que los templarios poseían en Aragón fueron entregados por Jaime II a la Orden de San Juan de Jerusalén, la cual convierte a Encinacorba en cabeza de la Encomienda de su nombre. Aunque enclavada dentro del territorio de la Comunidad de Daroca, figurará como lugar exento de la jurisdicción de la misma, al igual que Nombrevilla, por pertenecer una y otra a la dominicatura Sanjuanista.

Fue precisamente, a uno de sus Comendadores, don Jorge de Sena, a quien debió Encinacorba la posesión de su preciada Imagen de Ntra. Sra. Del Mar, preciosa escultura tallada en ágata, cuya curiosa historia bien merece que la contemos. Parece ser que pocos años antes de que la isla de Rodas cayese en poder de los turcos , los cuales desalojaron a los Sanjuanistas en 1522- volvía de dicha isla hacia España el Comendador de Encinacorba en una pequeña nao, acompañado de otros caballeros de la Orden.

Durante su periplo mediterráneo aconteció que una gran tempestad puso al barco en grave aprieto, salvándose del naufragio merced a la protección de una imagen de la Virgen, que sobrenadando entre las tumultuosas olas lo condujo milagrosamente a puerto. Sorteada luego la imagen entre los viajeros por ella salvados, correspondió al de Encinacorba, que la llevó fervoroso a la capital de su Encomienda, donde se inicia el más entusiasta culto. Colocada primeramente en el altar mayor de la iglesia parroquial de la villa, los devotos de Ntra Sra. del Mar , advocación que recibió en memoria de su aparición- construyeron después una suntuosa capilla, que se convirtió en el polo de la atracción religiosa y mariana de los encinacorbenses.

Una de las familias de mayor arraigo en la villa fue la de los Azagra, linaje oriundo de la Casa de los Señores de Albarracín, cuyo fundador fue don Pedro Ruiz de Azagra, quien en el año 1165 se convierte en soberano independiente de dicho Estado en virtud de donación del emir Ben Mardenis de Valencia, según unos, o por liberal magnanimidad de Aben Lobo, Rey de Murcia, según otros.

Afincada una de las ramas de esta estirpe en Encinacorba, se distingue por su especial devoción a Ntra. Sra. Del Mar. Uno de los más destacados representantes de esta ilustre familia fue don Pedro Antonio Ruiz de Azagra, que ostentó el cargo de Procurador General de la Ciudad y Comunidad de Daroca a principios del siglo XVIII.

No desmintió este Azagra de Encinacorba la predilección mariana de sus antepasados, pues que con ocasión de su estancia en la Corte se trajo a su villa natal, para ofrecerla a Santa María del Mar, una valiosa joya, consistente en un frontal ricamente adornado de primorosos relieves de bronce, y que había

pertenecido a Moctezuma II, último Emperador azteca de Méjico, a quien venció como es sabido, Hernán Cortés, que si por su nacimiento fue extremño de origen, por su cepa familiar pertenecía al linaje aragonés de este apellido y casta.

Encinacorba, como casi todas las poblaciones del campo de Cariñena, vio en el pasado, lo mismo que en la época presente, condicionada su vida económica en la explotación de sus ricos viñedos, que la convierten en un delicioso oasis de verdor. Toda su tierra aprovechable esta sembrada de cepas.

Durante la Edad Media, Encinacorba, tuvo la condición de plaza fuertemente defendida por un cinturón amurallado, del cual se conservaban aun vestigios en la primera mitad del siglo XIX, entre los que se descubrían restos de torreones y de puertas aspillerazas.