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D. Mariano Lagasca Segura (Encinacorba 1776 – Barcelona 1839)

Este ilustre personaje nació en Encinacorba, el 5 de octubre del año 1776. En esta localidad casi se conserva su casa como él la conoció. De tapial, sin revestir. En el seno de una familia humilde y numerosa creció este aragonés universal que ya ha sido considerado como la figura más sobresaliente de la botánica española.

Cumplida su etapa infantil, marchó a Tarragona por decisión familiar para iniciar la carrera eclesiástica bajo la dirección de su tío, Antonio Verdejo, canónigo en aquella ciudad catalana, y personaje ilustrado a cuyo domicilio acudían con frecuencia distintas personalidades de la vida cultural tarraconense, facilitó al estudiante el contacto con Antonio Martí Franqués, cuando este investigador catalán, de quien aprendería las primeras nociones de botánica, ya era conocido por sus experiencias sobre la fecundación de los vegetales, gracias a él, se aficionó tempranamente a la Botánica. También estudió medicina en Zaragoza, cuando ya había publicado la mayor parte de su obra botánica y recopilaba datos para escribir la Economía política de Aragón. Alumno de Palau, condiscípulo de Gómez Ortega, amigo de Cavanilles y de destacados botánicos extranjeros, realizaría, como figura máxima de la Ilustración aragonesa, una irrepetible labor científica y cultural.

Después se marchó a continuar sus estudios de medicina a Valencia. Concluido el curso de 1799, recorrió gran parte de Andalucía y la Mancha, formó un gran herbario y acudió a Madrid para visitar el Jardín Botánico.

Todavía siguió otro año en Valencia y al clausurarse la enseñanza de la medicina práctica en aquella Universidad, decidió continuar sus estudios en la Corte, efectuando el traslado a pie para herborizar a lo largo del trayecto. Allí en Madrid, sería discípulo de A. J. Cavanilles, botánico valenciano de gran prestigio al que ofreció su magnífico herbario formado por 4.000 especies, entre ellas dos nuevas gramíneas que fueron publicadas por aquél en el 6º tomo de los Icones. La impresión que Lagasca produjo en Cavanilles se demostró meses más tarde; designado éste Director del Jardín botánico, le nombró alumno pensionado, consiguiéndole después una comisión para recoger plantas y datos de geografía botánica destinados a la elaboración de una Flora Española.

Tras la muerte de Cavanilles, ocurrida en 1804, y nombrado Zea nuevo director del Jardín Botánico. Lagasca continua como ayudante sin interrumpir la divulgación de sus nuevos descubrimientos. En 1805 publicó en Variedades de Ciencias, Literatura y Artes, una serie de trabajos sobre los caracteres diferenciales de distintas especies, algunas de ellas nuevas para la ciencia. Describió también un tipo de trigo de grano vestido que denominó Triticum aragonense.

Nombrado profesor de Botánica Médica en 1807, aplicó en sus lecciones, por primera vez en la enseñanza española, el método de familias naturales.

Tras la invasión de los franceses, de 1808 y por indicación de Humboldt, José Bonaparte encargó a Lagasca la dirección del Jardín Botánico; como respuesta, el botánico huyó a Salamanca para alistarse en el ejército español que combatía a los franceses.

El 13 de agosto envió una carta a Eusebio Bardají, diplomático aragonés que en 1812 sería nombrado Primer Secretario y Ministro de la guerra por las Cortes de Cádiz, en la que tras facilitar datos de interés militar, comunicaba sus avances botánicos.

Nombrado Médico de los Ejércitos Nacionales, ejerció como tal en distintos hospitales. Combatió en Murcia la epidemia de fiebre amarilla durante 1811 y 1812, siendo el primero en declarar la existencia de la enfermedad y aprovechó su experiencia para escribir varios opúsculos tanto profesionales como de divulgación. En 1813 publicó Avisos saludables a los habitantes de Cádiz sobre el contagio de la fiebre amarilla y en 1821 dedicaría otro folleto similar a los habitantes de Barcelona.

Varias academias de medicina, tanto españolas como del extranjero, reconocieron sus méritos profesionales.

La continua dedicación a los enfermos no le hizo olvidar la botánica; sus proyectos preferidos, la Flora y la Ceres españolas, eran abordados tras el agotador trabajo profesional mientras que para la realización de herborizaciones aprovechaba las frecuentes marchas militares. En 1811, publicó en Orihuela el primer número de Amenidades Naturales de las Españas, célebre en la historia de la ciencia por la Disertación sobre un nuevo orden de plantas de la clase de las compuestas. El valor de este trabajo se refleja en los comentarios que Decandolle escribió en la colección de Memorias Botánicas, impresa en París en 1813.

Terminada la guerra, regresó a Madrid donde pronto padeció viles calumnias levantadas por sus enemigos que le tachaban de afrancesado e irreligioso. Reuniendo certificados de sus servicios logró rehabilitarse ante el gobierno y obtuvo el nombramiento de Director del Jardín botánico. Restauró el establecimiento, que se hallaba en estado deplorable y siguió trabajando en sus dos obras favoritas, la Ceres, en colaboración con Clemente, y la Flora Española, a la vez que desempeñaba brillantemente sus tareas de profesor y director.

Las condiciones políticas del trienio liberal (1820-1823) le abrieron la posibilidad de intentar materializar sus ideas referentes al progreso del país.

Posiblemente a petición de su amigo y diputado Rojas Clemente, actuó como Asesor de la Comisión de Instrucción Pública en las Cortes de 1820 y 1821, trabajando en la elaboración del proyecto que dio lugar al Reglamento General de Instrucción Pública. El texto, que algunos consideraron impracticable por muchos años, disponía el caracter obligatorio y gratuito de la primera enseñanza, y establecía la uniformidad de estudios y el examen ante un tribunal formado por profesores de establecimientos públicos, admitiendo la existencia de enseñanza privada. Se implantaba la división de la enseñanza en sus tres grados: primaria, secundaria y universitaria y se prescribía la posición como único medio para ingresar en el profesorado. Públicamente, Lagasca insistia en sus tesis aprovechando el discurso de apertura de curso del Jardín botánico en 1821.

Invadida España por -los cien mil Hijos de San Luis-, tuvieron lugar los trágicos sucesos sevillanos del 13 de junio de 1823 en los que Lagasca perdería para siempre lo más selecto de su herbario, biblioteca y todos sus manuscritos. Por Decreto, fueron declarados traidores y reos de muerte los diputados, entre ellos Lagasca, que habían votado a favor de la destitución de Fernando VII en la última sesión de cortes celebrada el 11 de junio. A través de Cádiz y Gibraltar, logró huir a Inglaterra con los liberales que salvaron la vida en la durísima represión que siguió al triunfo absolutista.

El clima londinense no resultó favorable para sus afecciones respiratorias que degeneraron en catarro crónico, viéndose obligado a pasar a la isla de Jersey donde residiría desde 1831 hasta 1834.

En esta isla desarrolló una notable labor científica y técnica; formó un herbario de fanerágamos y helechos, redactó un catálogo general de flora local y asesoró a algunos agricultores para que mejorasen sus cultivos; uno de ellos le escribiría a España, años más tarde, para agradecerle sus enseñanzas. El gobierno inglés que en principio había prohibido la importación a Inglaterra de cereales procedentes de Jersey, tras estudiar las muestras de granos obtenidos siguiendo los consejos del aragonés, no sólo revocó la prohibición sino que declaró a Jersey semillero nacional.

De los numerosos liberales exiliados en Inglaterra, sólo Lagasca mantuvo una actividad creadora propia de su brillante pasado.

Fallecido Fernando VII y dictada la amnistía por la reina María Cristina, regresó a Madrid tras recibir honores a su paso por Francia. Las intrigas de sus enemigos no lograron impedir que fuera confirmado como Director del Jardín Botánico; no obstante, cansado y enfermo, a finales de 1838 marchó a Barcelona en busca de clima más favorable.

El Obispo de Barcelona le brindó alojamiento y amistad y allí, a orillas del Mare Nostrum fallecía el 28 de junio de 1839 el botánico universal a quien, desde el punto de vista humano, no cabe mejor título que el de persona decente.