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Ermita de Santa Quiteria

Esta ermita es una obra de factura popular y toda ella encalada. Esta formada por una planta rectangular y se accede a ella por una puerta ubicada en uno de los extremos largos del edificio. Aparece cubierta por tejado a dos aguas y coronándola aparece una pequeña espadaña donde está ubicada una pequeña campana.

Su mayor encanto reside en el emplazamiento donde se ubica, ya que entorno a ella se extiende una amplia planicie, donde unas alineaciones de pinos proporcionan la sombra necesaria para pasar un rato agradable. Desde este lugar se contempla una bella panorámica de todo el núcleo urbano, del cauce del Huerva y los montes entre los que se encaja la población y sus huertos.

Cómo llegar:
Sobre el caserío de Vistabella se descubre esta ermita. Su acceso es sencillo y con un recorrido ameno entre carrascas y pinares, por una pista en buenas condiciones que parte del extremo norte del pueblo y que conduce hasta la explanada que sirve de asiento a la ermita.

Iglesia de San Miguel  (siglo XVI)

Los orígenes de esta Iglesia se remontan al siglo XVI, cuando se edificó un primer templo en la localidad siguiendo las formas artísticas del estilo vigente por aquellos años, el mudéjar. Pero de aquella construcción apenas nos han llegado vestigios, tan sólo parte de sus muros que fueron reaprovechados para elevar la parroquia actual.

Esta Iglesia, en su interior se disponen tres naves cubiertas por bóvedas de cañón.

Una torre de planta cuadrada, que se convierte en octogonal conforme gana altura, ocupa uno de los laterales.

Mientras que en el otro frente largo se encuentra la fachada principal, encalada y con una puerta de acceso abierta gracias a un arco de medio punto realizado en ladrillo.

 

 

 

 

 

Retablo Mayor dedicado a San Miguel Arcangel

Se encuentra en la Iglesia de San Miguel. 1627.

Su arquitectura es de reducido consta de banco, un cuerpo con tres calles, algo más ancha y retraída la central que las laterales, y ático.

El repertorio iconográfico está integrado por pinturas y esculturas repartidas alrededor del bulto de San Miguel Arcángel que ocupa la caja principal, ataviado de soldado romano, portando escudo y empuñando una larga vara terminada en una cruz, y con la figura semihumana del diablo postrado bajo sus pies.

Los huecos extremos del banco albergan dos tablas pintadas con las escenas de San Francisco recibiendo los estigmas de la pasión y de San Martín partiendo la capa con el pobre, ambas flanqueadas por las efigies también pintadas de Santa Catalina, Santa Lucía y otras dos santas mártires de difícil identificación a causa de su deterioro, que ocupan las caras laterales de los plintos, más los relieves de los cuatro Evangelistas, dispuestos en los frentes de los mismos.

En las calles laterales del cuerpo, acompañando a la escultura del titular, se reparten las imágenes de bulto de San Vicente y San Lorenzo, ambos vestidos con alba talar y dalmática diaconal, y otras tantas historias en relieve: La Sagrada Familia, en una versión poco frecuente en la que San José, Santa Ana y la Virgen acompañan al Niño, aquí representado con un orbe bajo su pie como emblema de su soberanía, y la Asunción de la Virgen, elevándose al cielo en presencia de los apóstoles. Y remata la calle central, cobijado en la única caja del ático, el consabido Calvario, integrado por las esculturas del Crucificado, la Virgen y San Juan.

Se conoce su cronología segura que sería de 1627. Y por lo que se refiere a su significado, tratándose de un retablo mayor, el programa iconográfico, pese a su sencillez, sobrepasa el carácter puramente piadoso o devocional para convertirse en una imagen simbólica de la Iglesia esta vez construida a partir de la figura de San Miguel arcángel.

En cuanto a su autoría, en virtud de las analogías que ofrece con no pocos ejemplares sitos en localidades próximas, puede asegurarse que se trata de una obra realizada en Daroca y, más concretamente, fruto de la colaboración de dos maestros avecindados en dicha ciudad: el ensamblador Pedro Belsué, artífice de la arquitectura, y el escultor Francisco Lacosta, responsable de la parcela escultórica.

Es una pieza sobria en lo decorativo y sencilla en su traza, siguiendo en todo las pautas a las que obedecen otros pequeños retablos ejecutados por las mismas fechas e incluyendo, junto con el uso de columnas entorchadas y de adornos geométricos, detalles de inequívoca raigambre manierista como el avance del entablamento sobre las calles laterales, con el consiguiente retroceso de la central, o la ruptura de los frontones que las cierran.